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martes, 27 de julio de 2010

Cuestiones prácticas


De niños asimilamos conocimientos y tareas que pueden parecer poco prácticas o innecesarias, en la edad adulta entendemos por qué. No recuerdo en qué curso nos enseñaron la escritura de los números, supongo que sería tercero o cuarto de E.G.B. Hoy he preparado unos cheques, correspondían a los finiquitos de unos trabajadores. He revisado las liquidaciones de cada empleado y he escrito las cifras de la indemnización en cada papel rosado. Al escribirlas me asaltaban dudas sobre la norma ortográfica: ¿se escribe “cien mil novecientos noventa euros y cuarenta y tres céntimos”? Estas dudas me han parecido estúpidas y desconsideradas, incluso me avergüenzo al pensarlo. Detrás de ese número y ese papel está el fin de la etapa laboral en una empresa de una persona. En algunos casos, se pone el punto y final a una trayectoria de esfuerzo y serio compromiso con la compañía. ¿Para qué tanto esfuerzo? ¿Para acabar con un cheque en la mano y un futuro incierto? No es fácil salir a la calle a buscar trabajo en un contexto como el actual. No es fácil optar a un puesto de empleo cuando tienes 56 años. No es fácil tener un hijo de dos meses y asumir que no sabes cuándo volverás a trabajar. Mientras tanto, yo, que todavía trabajo, me preguntaba si “treinta y dos” se escribe junto o separado. A veces somos mezquinos sin pretenderlo. 

domingo, 14 de febrero de 2010

El flamenco me persigue


No, no adolezco de manía persecutoria. Tampoco estoy siendo acosada por ningún bailaor psicópata que me espera por las noches en la entrada de mi portal. Simplemente me refiero a las casualidades, a cómo determinados temas o situaciones adquieren una relevancia súbita en una semana cualquiera.  Ayer escuchaba en la radio una entrevista de un cantante flamenco, Parrita, para mí desconocido, que ha sacado a la venta un disco de versiones flamencas de canciones conocidas. Hoy Farruquito, ya en libertad,  relataba sus vivencias en la cárcel y exponía sus próximos proyectos profesionales.  Si sigo en esta línea, me voy a encontrar a Miguel Póveda en el metro, ojalá.

La pregunta es: ¿al haber abordado un tema o adolecer de una determinada situación (casos paradigmáticos serían sacarte  el carné y llevar la L de novato, romperte un brazo…),  estamos más receptivos a reconocer esa situación o inquietud en los que nos rodean? ¿O es que acaso marcamos tendencia? ¿De pronto nos hemos convertido en un icono social? En el momento que me pronuncio favorablemente sobre algo, ¿el resto del mundo se posiciona en el mismo sentido?. Es decir, si dijese me encantan las pasas, ¿se dispararía la demanda nacional de este producto? ¿Fui yo la que provocó la caída de los parqués hace una semana al hablar sobre las acciones del BSCH en un "bareto" a las dos de la mañana?

Muy a mi pesar, probablemente la primera opción sea la más plausible. Al que lea esta entrada voy a revelarle un secreto: no soy ni Hugo Chávez ni Pedro J. ni Paris Hilton, es decir, ni tengo el poder legislativo ni el mediático ni soy una multimillonaria consentida que está en el punto de mira del papel couché. Tampoco hago proselitismo desde este blog visitado por millones de personas diariamente.


Existe una tercera opción, no menos desdeñable, sumamente obvia también. Nuestros intereses no surgen ni espóntaneamente ni de forma innata, son artificiales,  creados por la sociedad que nos rodea. Yo no programé el concierto de Tomatito en el Palau. Parrita y Farruquito actúan en los próximos días en el Liceu, de ahí sus apariciones en la radio en dos días consecutivos. Es decir, desde hace mucho tiempo, el flamenco goza de buena salud y despierta interés en mucha gente. Por ese motivo, tuve la oportunidad de disfrutar de un concierto magnífico la semana pasada. Moraleja: el flamenco no me persigue, yo le persigo a él.

De la misma forma, cuando todo el mundo tiene la gripe y yo también, es porque hay una epidemia o pasa, no es por que me copien y les guste usar los mismos tisúes que a mí. Cuando me saqué el carné y tenía la impresión que todos eran novatos, era por que la mayor parte de mis amigos se encontraban en la misma situación. Nunca me fijé en el hombre de cien años que conducía un Renault 4 y pensé “Qué retro el abuelito”.  Un sábado por la noche, quedo con mis amigas y casualmente una de ellas viste la misma camiseta que yo. ¿Plagia mi estilo o visitamos las mismas tiendas? Me lamento y pienso que con esta originalidad en el vestir no hay quién salga en “The Sartorialist”.


¿Subjetivismo recaciltrante? ¿Visión sesgada y parcial de la realidad? Todo se reduce a una mirada dirigida del yo al entorno, no a la inversa. Esa comprensión caleidoscópica en la que el cristal translúcido es mi pensamiento y todo mi poso socio-cultural es muy difícil de superar o anular. Nos creemos únicos, pretendemos ser originales y diferentes, ingeniosos y audaces. IMPOSIBLE. Somos una masa moldeable, silenciada y sin criterio. Satisfacemos los deseos artificiales que nos crea la sociedad de consumo e ilusamente somos felices, aunque no somos más que una pieza más del engranaje. Comulgamos mansamente con las responsabilidades y obligaciones impuestas por la sociedad, generalmente sin rebelarnos contra las condiciones precarias que se dan: inestabilidad laboral, sueldos congelados, precios de alimentos y servicios que aumentan año tras año, servicios sociales insuficientes para la población, dificultades en el acceso a la vivienda, corrupción y desconfianza en los políticos… Moraleja 2: Vemos pero no siempre miramos.

Bien, seguiré escuchando flamenco mientras busco resignada una nueva forma de mirar a mi alrededor.