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lunes, 8 de noviembre de 2010

LENNONYC


Hace unas semanas vi el documental Lennonyc en el marco del festival Inedit Beefeater. Una apuesta que se consolida año tras año en Barcelona y que, al llegar el otoño, nos trae algunas propuestas sumamente interesantes. Ésta fue una de ellas. El documental se centra en los años que pasó John Lennon en Nueva York, ciudad en la que se instala con Yoko Ono, tras un intento frustrado de vivir en Londres dónde no consiguieron adaptarse, ya que Yoko recibió un profundo rechazo por parte de la población londinense. Supongo que se la consideraba la responsable de la ruptura del grupo beat. En Nueva York el artista consigue vivir tranquilo, recupera cierto anonimato y puede vivir como un ciudadano más de a pie.


Pronto John Lennon contacta con representantes del  movimiento pacifista e inicia una cruzada particular en defensa de los derechos humanos y la paz. Su popularidad le ayuda a extender su mensaje a un sector amplio de la población. Estas actuaciones no gozan de la aceptación del Gobierno, la respuesta gubernamental es su expulsión del país. Recurren la sentencia de deportación y se inicia un proceso judicial que durará varios años. Finalmente y contra todo pronóstico, años después, conseguiran la residencia norteamericana.

Paralelamente a estas iniciativas. Empieza a componer, forma una banda. Su primer disco en solitario será un rotundo fracaso de ventas y de crítica. A esto se sumará su posterior ruptura con Yoko Ono. Se instala en Los Ángeles. Es el inicio de una fase de autodestrucción, beberá, saldrá mucho y la música quedará a un lado. Sin Yoko, el artista está perdido.

Compone una canción con Elton John que se convertirá en un éxito de ventas. A petición del cantante, interpretará esa canción con él en un concierto en el Madison Square Garden. A pesar de  sus escasas apariciones en los escenarios de los últimos años, John Lennon es ovacionado por el público asistente, no le olvidan. Yoko Ono se encuentra entre los espectadores. Tras el concierto hablan y llega la reconciliación.

Tendrán un hijo, Sean. En esa época, Yoko se ocupa de los negocios y  John se convierte en amo de casa. Abandona la música temporalmente, sólo quiere disfrutar de su hijo, verle crecer, jugar con él. Su entorno dice que John ha cambiado, está tranquilo, feliz. La paternidad le ha barnizado con un toque de serenidad.

Pero pasan los años y el artista siente el reclamo de la música, tiene que volver. En 1980 graban dos discos, en los que se alternan los temas de John y Yoko. Antes de Navidad, meses después de la publicación del primer disco, es asesinado delante de su casa. La gente llora la muerte de una estrella del pop. Empieza la construcción de una leyenda. 

martes, 23 de marzo de 2010

"El berenar d'Ulisses" en la Sala Beckett.


Me gustan las historias. Las busco en los libros, las puedo encontrar en un DVD olvidado en una estantería o en la anécdota que me puede explicar un compañero en el despacho. Hace unos días fui a la Sala Beckett a la caza de una nueva historiaauspiciada por grandes expectativas y, sin embargo, fui presa del desconcierto: no entendí nada. A veces también pasa con los libros, el DVD polvoriento o la anécdota del compañero, no sólo con el teatro.

Desde mi modesta e ignorante opinión, en esta obra se impone lo estético, prevalece la estructura al relato. Se aborda la problemática de la inmigración y los abismos insondables que ésta forja en una familia. La trama, o lo que alcancé a comprender, nos presenta las relaciones entre unas personas distanciadas por el tiempo y los kilómetros. El tema, aparentemente atractivo, se resquebraja en la recreación de situaciones durísimas pero abordadas sin profundidad. La madre pierde a su marido y estalla en carcajadas con su hijo ante una tontería. Los dos hermanos se reencuentran en Venezuela por primera vez después de ocho años, tras la muerte del hijo retrasado del hermano mayor. La magnitud de la tragedia es aderezada con las constantes esnifadas de cocaína del primógenito y una esposa desubicada que sólo piensa en bailar vallenato.  La tragedia se relega a un segundo plano, no se profundiza en ella y el espectador presencia atónito una cadena de secuencias, que confunden más que explican. Durante la obra, en dos o tres ocasiones, los protagonistas interrumpen su actuación al escuchar el zumbido de una mosca, silenciosos, siguen con la mirada la trayectoria imaginaria del insecto por la escena. Leo después, tuve la gloriosa idea de coger un tríptico en la taquilla,  las palabras del director sobre este punto. Este recurso persigue romper el hilo narrativo y mostrar al espectador que el protagonista está rememorando esas vivencias del pasado, con las discontinuidades que ello implica. Francamente, prefiero las técnicas de flashback que utilizó Tarantino en Pulp Fiction; si hubiese puesto una mosca, Jules Winnfield (Samuel L. Jackson) le hubiese disparado en el primer asalto. Mi percepción desafortunada sobre la obra no está reñida con la excelente valoración de las actuaciones de Pepo Blasco y Ferran Carvajal. Sin embargo, este hecho no es suficiente reclamo para justificar la compra de la entrada. Mucho símbolo, poca chicha. Al finalizar la obra, los desapasionados aplausos del auditorio ratificaron esta convicción.

Salimos del teatro, algo desconcertadas por lo que hemos visto, en busca de un lugar para cenar algo y refugiarnos del lacerante frío. Reconfortada, en el restaurante saboreo un buen plato  y degusto ávidamente el último chisme que me cuenta mi amiga. Mucha chicha y pocos símbolos. La entendí a la perfección.




martes, 9 de febrero de 2010

Embrujo


Después de un mes de enero inmersa en una espiral de trabajo y más trabajo, el pasado viernes disfruté de un concierto delicioso en el Palau de la Música. El guitarrista Tomatito, o Tomate, como le vitoreaban algunos de sus más entusiastas seguidores, nos deleitó con un virtuosismo que me dejó sin habla. Debo reconocer que no soy una gran seguidora de este artista ni del flamenco en general. Sin embargo, me he emocionado siempre en los pocos espectáculos en directo que he presenciado. Supongo también que tuve la suerte de coincidir con buenos representantes del género. La fuerza y el desgarro que desprende el flamenco son arrebatadores, deja el mundo en suspenso, el flamenco embruja.

 
Recuerdo un viaje a Granada, hace ya varios años. La última noche debíamos tomar el autobús a las dos de la mañana, como este horario era incompatible con el sueño, decidimos prolongar la velada hasta la hora señalada en un bar situado en la calle del Darro. El concierto tenía lugar en una sala abovedada, al final del local. De hecho, podía haber sido una antigua bodega. El plan era perfecto, asistir a un espectáculo flamenco y así hacer tiempo hasta la hora de partir. Guitarrista, bailaora y cantaor llegaron tarde. Mientras esperábamos disfrutábamos de una cerveza más, en esta ocasión, sin la consabida tapa. Cuando llegaron se hizo el silencio y el embrujo envolvió aquellas cuatro paredes mal ventiladas. El humo y la penumbra se adueñaron del local mientras la voz del cantaor nos deleitaba con historias de desamores, engaños, pasiones arrebatadoras… El flamenco también es poesía. Reyerta, duende, canastera, yunque...La guitarra cobraba vida a través de cada una de las notas arrancadas por el artista. Lirio, luna llena, zarzillo, gitana... Sucumbimos al arte de la bailaora, enfundada en una falda de topos y una camisa negra. Fue estupendo. Limón, arroyo, aceituna, laurel... El tiempo pasaba y nos resistíamos a abandonar la sala, ansiosos por seguir disfrutando de ese espectáculo apasionante. Nardo, almidón, olivo, higuera, muerte...


Desde esa noche mágica, sospecho que el enclave ideal para estos momentos es un espacio recogido e íntimo, en el que pueda establecerse una comunicación directa con los espectadores. Supongo que el origen ancestral del flamenco se sitúa en encuentros familiares, de amigos o vecinos, en las que se alzaban como un escenario improvisado las casas, un patio o la propia calle en tardes de verano. Imagino el bullicio y la alegría reinante en estos encuentros, el repicar de las palmas, la risa de los niños, una voz poderosa que tañe desde las entrañas, envuelta en sentimiento y rabia. El vaivén de la falda, sujeta por una firme mano en un costado, alejándola del suelo, y unas piernas, que se asoman entre las telas, entregadas al baile.

Barcelona nos ha agasajado con otros momentos memorables. En el JazzSí, en el Raval, los viernes hay espectáculo flamenco. Empieza a las nueve de la noche, a las ocho y media ya está lleno. El bar es pequeño pero el público es fiel y conocedor de la calidad de los artistas que se convocan. Siempre se cuela algún guiri, supongo que esta información se ha filtrado en la Lonely Planet de la ciudad. El encargado del local es un forofo del flamenco. Alto, barrigudo, nos presenta con su indeleble acento andaluz al guitarrista Montoya, “conocido en el mundo entero”, o a la bailora Amaya, que “ ha actuado en los mejores escenarios del país”. Quizás sea cierto pero no puedo evitar sonreir ante un discurso tan manido viernes tras viernes.



Hace una semana disfruté una vez más del flamenco en una ocasión de gala, tanto por el enclave como por sus intérpretes. Uno de sus grandes exponentes, Tomatito, compañero de profesión y andanzas de Camarón de la Isla durante quince años, nos deleitó con su arte. Eché de menos la proximidad de los espacios pequeños, en los que el artista está tan sólo a unos metros, pero a los grandes sólo se les puede divisar desde la distancia.









jueves, 3 de diciembre de 2009

"Une femme rompue" en Versus Teatre


"Una mujer rota" inspirada en la obra de Simone de Beauvoir en el Versus Teatre. Seis de la tarde de un domingo de invierno en el que la ciudad atardece con sus calles solitarias, desiertas por el espectáculo apabullante de un Barça-Madrid y un espóntaneo diluvio. De hecho, debo reconocer que era una tarde ideal para el binomio sofá-manta, no sucumbí a él y fui al teatro. Iraida Sardà, un descubrimiento para un ignorante de la dramaturgia como yo, está soberbia. Su interpretación inunda y sacude al auditorio con sus emociones: la ira, el llanto, la ingenua ilusión ante la posibilidad de una reconciliación...

Muriel ha sido educada para la renuncia, ha consagrado su vida a su marido y a su família. Cuando éste le abandona su mundo se desmorona. Se niega a reconocer la evidencia, se empeña en creer que la aventura de su marido es algo pasajero y cuando finalmente lo asume, se apodera de ella la más amarga de las tristezas. A  Muriel le abandona su marido pero también nos habla de sus hijas, una está en América estudiando y la otra, Colette, se ha casado a edad bien temprana. La obra nos muestra el vacío y la soledad que arrolla a la protagonista cuando todo aquello por lo que luchó se aleja de ella.


El monólogo se intercala con bellas interpretaciones de "chanson française", os dejo con "Le temps du lilas" de Barbara Red.